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El valor añadido de «El libro secreto de Marco»

El libro secreto de Marco es un relato ameno con un valor añadido más allá de la trama y la aventura; aborda cuestiones que se trabajan en el aula, por ejemplo, expresa la necesidad de desarrollar hábitos de trabajo individual y de equipo, de esfuerzo y de responsabilidad en el estudio para lograr objetivos en la vida.

El relato busca motivar a los niños a respetar las diferencias entre culturas y a utilizar el deporte como medio para favorecer el desarrollo personal y social.

Expresa la necesidad de desarrollar capacidades afectivas en sus relaciones con los demás, y aprender a dominar la violencia a favor del diálogo y la negociación para resolver los conflictos personales. A dignificar a los compañeros de clase y no abusar de los demás.

Marco evoluciona hacia actitudes de confianza en sí mismo a medida que los problemas lo rodean; desarrolla su iniciativa personal, la curiosidad, el interés en el aprendizaje y pone en práctica sus habilidades para producir cambios en los demás de manera responsable.

En el ámbito de las Ciencias Sociales, el libro narra la forma de vida de los aborígenes canarios prehispánicos, esbozando cómo subsistían los habitantes de Tenerife: su alimentación, las viviendas, la medicina, la ganadería y agricultura, las relaciones sociales, fiestas y tradiciones…

También aborda aspectos del léxico canario, aportando expresiones y términos locales, propios de las Islas Canarias, en general, y de San Juan de la Rambla, en particular; explica la geografía y orografía de las Islas Canarias tomando como ejemplo el pueblo donde se desarrolla la obra.

En definitiva, El libro secreto de Marco es un relato entretenido y enriquecedor pues aporta valores y conocimientos de las Islas Canarias.

El libro secreto de Marco un texto ideal para leer en familia

Fernando Armas

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El libro secreto de Marco

Marco despierta una mañana de invierno con el amargo disgusto por el enfado de sus padres la noche anterior y temeroso del encuentro con el abusador de su clase.

Un interesante viaje en el tiempo para profundizar en la historia de Canarias y aprender a crecer ante las adversidades.

De camino a la escuela, se detiene en el estanco de don Octavio y un enigmático libro expuesto en el mostrador ejerce una inexplicable atracción. En un despiste del estanquero, el niño lo roba de manera impulsiva y lo oculta en su mochila.

Durante el recreo, se da cuenta que el libro está en blanco y cree que ha sido una burla de don Octavio. Sin embargo, poco antes de verse acorralado por el grandullón, el ejemplar cumple el deseo que anhela: desvanecerse de ese lugar en ese momento.

De manera consciente, Marco descubrirá el poder del libro y emprenderá un viaje en el tiempo y a partir de entonces, se moverá en dos realidades: la aventura en el pasado que le ayudará a fortalecer su carácter y la del presente donde aplica las habilidades adquiridas.

Pero un temporal impredecible destruye el libro que le sirve de guía y el protagonista queda atrapado en el siglo XV.

El Libro secreto de Marco es un relato fantástico para profundizar en las costumbres y vida de los aborígenes canarios prehispánicos y trabajar valores como la autoestima, la amistad y la solidaridad.

Don Octavio regenta un estanco y librería en el pueblo.

¿Una imagen vale más que mil palabras?

El adagio “una imagen vale más que mil palabras” lo uso con frecuencia en mis clases.

Hace pocos días, sin embargo, algo en mi interior cuestionó la frase. Tuve que recrear una escena que requería intensidad, veracidad, realismo y emociones. Redactar y pensar en las reacciones del lector fue una experiencia maravillosa que me llevó a reconsiderar si realmente la imagen vale más que las palabras.

Lograr que un lector suba y baje con palabras, como en un carrusel de feria, supone más esfuerzo que si la misma escena se captara a través del objetivo de una cámara (una foto un video corto).

Pero, me dio la impresión de que la imagen de la cámara no lograría el mismo efecto que las palabras. Pensé que el espectador habría pasado de puntillas por ella. Habría dedicado unos pocos segundos sin necesidad de profundizar mucho en la esencia, en el mensaje del autor.

La tecnología desborda las redes de imágenes de ese tipo: efímeras y fáciles. No tengo datos, pero seguramente los proveedores de Internet tendrán que tener sus servidores “petados” de vídeos e imágenes.

Los adolescentes, por ejemplo, se autorretratan el día entero. Sí. Eso que ahora se llama “selfie”.

Selfies desde que se levantan hasta que se acuestan. Un clic y tenemos la escena. No hay que pensar mucho, ¿verdad?

Por el contrario, las palabras son poderosas herramientas de comunicación. Mucho más profundas. Requieren más esfuerzo por nuestra parte para codificar y decodificar el mensaje.

Me di cuenta que son mucho más enriquecedoras. Hacer trabajar nuestro cerebro para fabricar la escena con lo que evoca un texto nos acerca más al emisor del mensaje. Es más personal, más íntimo. Se digiere más despacio…

Espero que no estemos perdiendo la capacidad de comunicarnos con reposo y sosiego porque desaprovecharíamos algo de nuestra creatividad. De nuestro lado humano.

Errores más frecuentes

Hay tres normas fundamentales que intento seguir a la hora de escribir: sencillez, sencillez y sencillez.

En nuestra vida diaria, la comunicación no es nada compleja. Tendemos a economizar para hacer más fluidas las relaciones interpersonales.

Cuando nos enfrentamos a la escritura por primera vez, nos atormentamos y creemos que hemos de hacer gala de un vasto y extenso vocabulario, frases llenas de adjetivos, muchos adverbios, expresiones rebuscadas…

Fíjate en este ejemplo: «Cuando despertó, el día de su quinto cumpleaños, mostró una sonrisa infantil en los labios.»

Si acaba de cumplir 5 años, podemos omitir «infantil», y las personas sonreímos con los labios por tanto, también sobra «en los labios». ¿No sería más fácil decir «despertó sonriendo el día de su quinto cumpleaños»?

En el siguiente listado enumeraré algunos consejos basados en mis propios errores. Espero sean de utilidad a la hora de redactar:

  1. Recurre mucho al diccionario. No tengas miedo de buscar e indagar.
  2. Ordena las ideas. No las atropelles. Procura fluidez, coherencia y cohesión.
  3. Deja respirar al lector: no lo canses con extensas frases.
  4. Evita vocabulario rebuscado o muy teórico, demasiado «literario». Evita repetirte. Varía las palabras según la necesidad de la escena.
  5. Evita usar muchas veces «que«, «y«.
  6. Intenta no abusar de los adverbios acabados en -mente, y de los gerundios. Mejor «rio» que «se lo dijo riendo».
  7. Dota de credibilidad a los personajes: déjalos que se muestren. No es necesario dar constantes explicaciones e innecesarias descripciones.
  8. Tus personajes tienen un pasado, unas motivaciones. Las cosas no suceden así, porque sí.
  9. No tardes mucho tiempo en dejar ver el nudo, crear la tensión que incremente la curiosidad del lector.
  10. Sí se hacen referencias históricas, intenta que no haya anacronismos. Investiga antes.

La narración y la descripción

Mezclar narración y descripción.
Un relato alterna (no siempre) los pasajes narrativos con los descriptivos. Cuando narramos una historia, estamos contando los hechos y ello implica las acciones. Lo siguiente es un simple ejemplo:

«Entré al cine, me detuve a comprar un refresco antes de comenzar la película» (pasaje narrativo).

La descripción envuelve el mundo donde transcurren los hechos:

«Entré al cine abarrotado. Espectadores, confusión y una larga cola de espera para comprar un refresco antes de comenzar la película.

Mediante la narración contamos qué pasó. Para ello usamos verbos. En la descripción explicamos cómo es y utilizamos los sustantivos, los adjetivos y los adverbios.

En una novela bien elaborada la descripción no es independiente, sino que está al servicio de la narración; la amplía y la enriquece.

Ejemplo de descripción:

«Las calles que daban a la plaza, tortuosas, tenebrosas, con una iluminación moribunda, parecían deshabitadas. Y en el silencio la campana de la catedral tocaba lentamente a ánimas.» (El crimen del padre Amaro – Eça de Queiroz)

Ejemplo de descripción y narración:

«La lamparilla agonizaba en la cabecera de la cama; y la pobre vieja, con una lúgubre cofia de punto negro que volvía más lívida su carita arrugada como una manzana reineta, abultando casi imperceptiblemente bajo la ropa de cama, fijaba en todos, con temor, sus ojillos cóncavos y llorosos.» (El crimen del padre Amaro – Eça de Queiroz)

Autoentrevista, 1ª parte

¡Heme aquí! Yo conmigo mismo, clavando los dedos en las teclas del ordenador sobremesa con el objetivo de auto entrevistarme. Suena vanidoso, ¿verdad?, pero tiene su explicación: el día 23 de abril tendré, ¡por fin!, la ocasión de compartir la experiencia narrativa con los lectores.

Mi abuela hubiera dicho «¡si Dios quiere!». Ahora tendríamos que añadir «¡o si el COVID nos deja!».

Aquí estoy, organizando las ideas. Entre clic y clic, me detengo para cruzar los dedos cuando pienso en la palabra «fase» y en números que van del 1 al 4. Después de implorar al techo, sigo tecleando con renovado entusiasmo.

Me resulta más complicado pensar las preguntas. Sería más fácil si alguien me hiciera hablar. ¡Ay! ¡Entonces sí que no me iba a callar! Pero de momento estoy conmigo mismo y he llegado a la siguiente conclusión como punto de partida: «soy un escritor novel», pienso, por no decir un «novato». Continuo: «con escasa experiencia en la edición, con errores y aciertos desequilibrados»:

―¿Qué le llevó a empezar a escribir? ―comienzo.

―Buena pregunta ―me digo con fingida sorpresa (¡como si no lo supiera!)―. Esa respuesta me la sé. ―respondo―: siempre ha existido eso que llaman un «gusanito». Creo que lo he dejado crecer mucho durante demasiado tiempo. Me ponía excusas del estilo «no sé qué escribir… Mañana… Mejor cuando me jubile». Pero el 14 de marzo de 2020 (en mi caso) me encerraron en casa de manera «indefinida».

El entrevistador me mira. Creo que le ha parecido un típico tópico. No le hago caso. Cogí el atajo. ¿Qué le digo? ¿Anhelo?, ¿deseo?, ¿inspiración?. ¡Si da igual! Me quedo con el gusanillo y lo dejo como está. ¡Hala!

―Deduzco que el confinamiento fue una especie de empujón. ¿Lo esperaba? ¿Es así?

―No es mala deducción ―vuelvo al hilo de la autoentrevista―. No lo esperaba, como tampoco lo esperaba nadie en el mundo, supongo. La vida se detuvo en muchos aspectos. De repente dejé de hacer cientos de kilómetros. Las aficiones quedaron suspendidas, las actividades extraescolares también… Todo el tiempo invertido en este ir y venir quedó a mi disposición.

―¿Mucho tiempo?

―Caí en la cuenta de que empleaba muchas horas al día. No horas fútiles, pero sí demasiadas en esa parte de la vida que podemos definir como «la logística».

―Dice la Real Academia de la Lengua que es el «conjunto de medios y métodos necesarios para llevar a cabo la organización de una empresa o de un servicio, especialmente de distribución». (No les miento, lectores, lo copié y pegué del diccionario. ¡Mea culpa!)

―Exacto. Invertimos buena parte de nuestra vida en organizar la otra parte. Quien come tiene que cocinar, quien cocina, tiene que abastecerse de ingredientes y de la energía (gas, en mi caso). Luego hay que recoger la mesa, fregar los platos, lavar el delantal, secarlo. ¿Y a quién no se le rompe un vaso? Habrá que reponerlo, ¿no?

―Ahora que lo pienso, tiene usted razón. Entonces, reducido el tiempo de «la logística», como dice, lo reinvirtió en escribir ―casi me doy por respondido en esta afirmación. Amplié la respuesta:

―Llegó un día en el que me senté a redactar una historia inspirada en mi infancia. Me centré en un grupo de amigos de la misma generación y esbocé la idea de relatar a mis hijos qué hubiera pasado si nos hubiéramos metido en tantos líos.

―Comenzó a fraguarse Las aventuras de Sebastián. ¿Verdad?

―Sí. Me sentaba cada noche frente al ordenador portátil. Mi hija se colocaba a mi lado. Ella observaba la pantalla curiosa. Las escenas se iban creando ante su atenta mirada. Tracé un plan para generarle intriga y la necesidad de seguir leyendo.

―Fue la lectora cero ―presumo.

―Mejor ―me corrijo―, fue la testigo cero. Pero además hizo un gran papel como correctora. A veces me equivocaba de personaje y ella lo subsanaba: «No es Mono, papá. Es Carmelo, el que antes mencionaste».

―Entonces, también fue la correctora cero.

―Me ayudó mucho. Pensé que, si lograba que ella se hiciera una imagen de las escenas, lograría transmitirlas a otros lectores. Ella no asistió al final de la obra. La dejé con la intriga. Hice un esfuerzo por acabarla a sus espaldas y dejar que leyera el resultado.

―¿Cómo lo valoró?

―Se sorprendió. Fue muy emotiva. No le gustó el giro que dieron algunos personajes y situaciones y tuve que prometerle que todo saldría bien.

―Sé que no se puede hablar del final porque se pierde la intriga, pero, ¿es triste?

―No quiero hablar del final, pero puedo afirmar que es muy equilibrado. Con la literatura tienes que tocar las emociones, sin duda. Si no lo logras, estás perdido.

Continuará…

Las escenas

Una película o una obra de teatro tiene múltiples escenas, unas veces narrativas, otras son diálogos, o reflexiones o descripciones. La suma de las escenas alimenta el argumento.

Cuando construimos una escena tenemos que tener en cuenta cómo trazar el argumento de nuestro relato: ¿Qué relación tiene con lo anterior y con la siguiente escena?

Vamos a suponer que deseamos describir un personaje desmotivado porque no quiere ir al colegio. Tiene un examen difícil que no ha estudiado, un abusón se comerá el bocadillo en la hora del recreo…  El OBJETIVO de la siguiente escena, que propongo como ejemplo, es describir esa desmotivación:

Alberto abrió los ojos y los volvió a cerrar de inmediato. Los párpados le pesaban más de lo habitual cuando se trataba de ir al cole. Le bastó un segundo para darse cuenta de que era la hora de salir de la cama, pero no quiso asumir el reto de enfrentar el nuevo día.

Arrebujado entre la cálida sábana de franela y el edredón grueso volvió a acomodarse en el mullido colchón donde se sentía protegido, como si aquellas mezclas de telas sintéticas y algodón fueran sólidas almenas de un imponente castillo, circundado por un profundo pozo, a su vez inundado con aguas fétidas, repleto de voraces cocodrilos y provisto de un consistente puente levadizo con trampas cruentas. Quería terminar el sueño donde los enemigos que lo sitiaban caían directos a los afilados dientes de los hambrientos reptiles, o morían ahogados en las infestadas aguas, cuando osaban asaltarlo.

Sitiado, pero feliz dentro de la seguridad de su refugio, no intentó desperezarse, y se entregó a la historia: desde las inalcanzables almenas, disparaba con puntería las flechas que procedían de un inagotable carcaj.

El diálogo narrativo

Los diálogos aportan credibilidad al relato.

Un buen diálogo añade realidad a la historia. ¿Cuántas veces hemos reproducido las palabras de una conversación en forma de diálogo? El narrador tiene la posibilidad de dejar que los propios personajes se expresen, informen y describan la acción. A través de sus palabras, el personaje puede desvelar su forma de pensar o sus emociones. Sobre todo, ES LA FORMA NARRATIVA MÁS CERCANA AL LECTOR.

Desde el punto de vista formal, es decir, a la hora de escribir un diálogo, recomiendo la lectura del uso de la raya (y no del guion) que explica la Real Academia de la Lengua Española.

En los textos narrativos, la conversación de un personaje se introduce con una raya:

Espero que todo salga bien —dijo Azucena con gesto ilusionado.

En este caso, cerramos la raya porque a continuación el narrador hace una acotación (da una explicación), estas acotaciones se llaman «incisos». Si queremos que el personaje siga hablando después del inciso, añadimos el signo de puntuación que mejor convenga (en este caso punto, coma y dos puntos):

—Lo principal es sentirse viva —explicó Pilar—. Afortunada o desafortunada, pero viva.

Lo principal es sentirse viva —añadió Pilar—, bien viva.

Anoche estuve en una fiesta —me confesó, y añadió: Conocí a personas muy interesantes.

Si necesitamos que el narrador ahonde en las explicaciones, comenzamos con una raya el inciso que hace el narrador:

No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana.

Aclarados los formalismos, podría decirse que no es la única fórmula para hacer hablar al personaje. Existen otras clases de diálogos que transgreden estas normas, como el discurso indirecto, el discurso libre; pero para empezar es suficiente conocer la base.

Pasemos a explicar qué condiciones han de reunir los diálogos para enriquecer el texto narrativo:

Naturalidad y precisión: Los personajes son seres vivos que se comunican entre ellos de manera natural. No hay que forzarlos. Las palabras de los personajes deben de ser las necesarias. Ejemplo de un diálogo entre un visitante y un personaje oriundo que lo acompaña:

―Yo soy de aquí mismo. Vivo allá por el Valleseco, que le decimos ―le desveló―. ¿Y a dónde va? ―preguntó con la curiosidad del nativo ávido de noticias del mundo al otro lado del océano.

―Quiero ir al norte de la isla. ¿Has estado?

―No, don Pedro. Eso es muy lejos. Yo me muevo por aquí cerca. A la mar pa pescar y al monte a por leña pa la cocina. Poco más.

Intencionalidad: Cuando se usa un diálogo en medio del relato hay un propósito. No se hace para rellenar huecos. Refleja la personalidad del personaje, está ligado al contexto de la trama, se abren vías, dudas, emociones… Ejemplo que deja ver la tristeza:

―De aquí se van todos los que ahorran veinte duros. Se echan al mar en cuanto pueden. Algunos regresan y se pasean ufanos ―dijo y apartó la mirada―. Otros no vuelven…

―¿Un esposo?

―Uno que lo pretendía ―respondió con la cabeza vuelta a la calle.

―Marchó y no ha vuelto, supongo.

―Algo así…

―Discúlpeme. No quiero ahondar en la herida.

―Ya no me duele. No se preocupe ―dijo y siguió el ajetreo de la calle con la mirada.

Fluidez: Los diálogos entre personajes deben de ser fluidos, tener un ritmo propio y esa fluidez ha de estar relacionada a la situación que se describe. Ejemplo de un interrogatorio:

―¿No insinuará…?―preguntó con los ojos abiertos.

―Lo afirmo.

―Yo no estaba.

―Hay testigos, hay pruebas ―insistió el policía.

Coherencia: Los diálogos han de coincidir con el registro de cada personaje y reflejar sus emociones en cada momento que interviene.

Verosimilitud: Hay que intentar que el diálogo sea creíble.

En la ficción no hay lugar para frases que no sean significativas; aun la conversación más intrascendente debe mostrar algo de los personajes implicados.

La creación del espacio

espacio en la narración
Descripción del espacio en la narración

El espacio donde se mueven los personajes debe tener un propósito. Es un recurso que debemos conectar con todos los demás en el desarrollo de nuestra historia.

El curso de novela organizado por escritores.org me está siendo muy productivo en ese aspecto. La perspectiva del lector y del escritor son diferentes, eso lo tenía claro, pero al cruzar al otro lado no disponía de los ojos para llegar a esa conclusión. Las explicaciones me los han abierto de par en par.

Al principio de mis escritos actué un poco por instinto, pero inconsciente de la necesidad de aplicarse con el espacio, tanto como con el resto de elementos que se mezclan y caen por el único hueco del embudo. El resultado es todo lo que el lector ha de sentir y experimentar frente a la historia que tiene entre sus manos.

En el proceso de construcción del relato he hablado de la idea y el personaje. Ahora quiero compartir algo sobre el lugar donde se ubican y se mueven los personajes.

Nuestros personajes están rodeados por determinados escenarios cuya descripción ha de contribuir a nuestra necesidad de trasmitir un sentimiento o un conflicto. Un ejemplo muy sencillo puede ser el siguiente:

Laura salió a la calle (abarrotada/vacía). (Apenas) unos (pocos) viandantes andaban (alegres/taciturnos).

Si el objetivo del narrador es celebrar la alegría del personaje que acaba de recibir una buena noticia, o por el contrario, contar lo disgustada que estaba por un fracaso, el escenario descrito tomará uno u otro giro.

Los lugares en los que se sitúan los hechos desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la novela que, para numerosos escritores, toma cuerpo cuando instalan los hechos en un lugar que les mueve los sentimientos.