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¿Una imagen vale más que mil palabras?

El adagio “una imagen vale más que mil palabras” lo uso con frecuencia en mis clases.

Hace pocos días, sin embargo, algo en mi interior cuestionó la frase. Tuve que recrear una escena que requería intensidad, veracidad, realismo y emociones. Redactar y pensar en las reacciones del lector fue una experiencia maravillosa que me llevó a reconsiderar si realmente la imagen vale más que las palabras.

Lograr que un lector suba y baje con palabras, como en un carrusel de feria, supone más esfuerzo que si la misma escena se captara a través del objetivo de una cámara (una foto un video corto).

Pero, me dio la impresión de que la imagen de la cámara no lograría el mismo efecto que las palabras. Pensé que el espectador habría pasado de puntillas por ella. Habría dedicado unos pocos segundos sin necesidad de profundizar mucho en la esencia, en el mensaje del autor.

La tecnología desborda las redes de imágenes de ese tipo: efímeras y fáciles. No tengo datos, pero seguramente los proveedores de Internet tendrán que tener sus servidores “petados” de vídeos e imágenes.

Los adolescentes, por ejemplo, se autorretratan el día entero. Sí. Eso que ahora se llama “selfie”.

Selfies desde que se levantan hasta que se acuestan. Un clic y tenemos la escena. No hay que pensar mucho, ¿verdad?

Por el contrario, las palabras son poderosas herramientas de comunicación. Mucho más profundas. Requieren más esfuerzo por nuestra parte para codificar y decodificar el mensaje.

Me di cuenta que son mucho más enriquecedoras. Hacer trabajar nuestro cerebro para fabricar la escena con lo que evoca un texto nos acerca más al emisor del mensaje. Es más personal, más íntimo. Se digiere más despacio…

Espero que no estemos perdiendo la capacidad de comunicarnos con reposo y sosiego porque desaprovecharíamos algo de nuestra creatividad. De nuestro lado humano.

Errores más frecuentes

Hay tres normas fundamentales que intento seguir a la hora de escribir: sencillez, sencillez y sencillez.

En nuestra vida diaria, la comunicación no es nada compleja. Tendemos a economizar para hacer más fluidas las relaciones interpersonales.

Cuando nos enfrentamos a la escritura por primera vez, nos atormentamos y creemos que hemos de hacer gala de un vasto y extenso vocabulario, frases llenas de adjetivos, muchos adverbios, expresiones rebuscadas…

Fíjate en este ejemplo: «Cuando despertó, el día de su quinto cumpleaños, mostró una sonrisa infantil en los labios.»

Si acaba de cumplir 5 años, podemos omitir «infantil», y las personas sonreímos con los labios por tanto, también sobra «en los labios». ¿No sería más fácil decir «despertó sonriendo el día de su quinto cumpleaños»?

En el siguiente listado enumeraré algunos consejos basados en mis propios errores. Espero sean de utilidad a la hora de redactar:

  1. Recurre mucho al diccionario. No tengas miedo de buscar e indagar.
  2. Ordena las ideas. No las atropelles. Procura fluidez, coherencia y cohesión.
  3. Deja respirar al lector: no lo canses con extensas frases.
  4. Evita vocabulario rebuscado o muy teórico, demasiado «literario». Evita repetirte. Varía las palabras según la necesidad de la escena.
  5. Evita usar muchas veces «que«, «y«.
  6. Intenta no abusar de los adverbios acabados en -mente, y de los gerundios. Mejor «rio» que «se lo dijo riendo».
  7. Dota de credibilidad a los personajes: déjalos que se muestren. No es necesario dar constantes explicaciones e innecesarias descripciones.
  8. Tus personajes tienen un pasado, unas motivaciones. Las cosas no suceden así, porque sí.
  9. No tardes mucho tiempo en dejar ver el nudo, crear la tensión que incremente la curiosidad del lector.
  10. Sí se hacen referencias históricas, intenta que no haya anacronismos. Investiga antes.

La narración y la descripción

Mezclar narración y descripción.
Un relato alterna (no siempre) los pasajes narrativos con los descriptivos. Cuando narramos una historia, estamos contando los hechos y ello implica las acciones. Lo siguiente es un simple ejemplo:

«Entré al cine, me detuve a comprar un refresco antes de comenzar la película» (pasaje narrativo).

La descripción envuelve el mundo donde transcurren los hechos:

«Entré al cine abarrotado. Espectadores, confusión y una larga cola de espera para comprar un refresco antes de comenzar la película.

Mediante la narración contamos qué pasó. Para ello usamos verbos. En la descripción explicamos cómo es y utilizamos los sustantivos, los adjetivos y los adverbios.

En una novela bien elaborada la descripción no es independiente, sino que está al servicio de la narración; la amplía y la enriquece.

Ejemplo de descripción:

«Las calles que daban a la plaza, tortuosas, tenebrosas, con una iluminación moribunda, parecían deshabitadas. Y en el silencio la campana de la catedral tocaba lentamente a ánimas.» (El crimen del padre Amaro – Eça de Queiroz)

Ejemplo de descripción y narración:

«La lamparilla agonizaba en la cabecera de la cama; y la pobre vieja, con una lúgubre cofia de punto negro que volvía más lívida su carita arrugada como una manzana reineta, abultando casi imperceptiblemente bajo la ropa de cama, fijaba en todos, con temor, sus ojillos cóncavos y llorosos.» (El crimen del padre Amaro – Eça de Queiroz)

Autoentrevista, 1ª parte

¡Heme aquí! Yo conmigo mismo, clavando los dedos en las teclas del ordenador sobremesa con el objetivo de auto entrevistarme. Suena vanidoso, ¿verdad?, pero tiene su explicación: el día 23 de abril tendré, ¡por fin!, la ocasión de compartir la experiencia narrativa con los lectores.

Mi abuela hubiera dicho «¡si Dios quiere!». Ahora tendríamos que añadir «¡o si el COVID nos deja!».

Aquí estoy, organizando las ideas. Entre clic y clic, me detengo para cruzar los dedos cuando pienso en la palabra «fase» y en números que van del 1 al 4. Después de implorar al techo, sigo tecleando con renovado entusiasmo.

Me resulta más complicado pensar las preguntas. Sería más fácil si alguien me hiciera hablar. ¡Ay! ¡Entonces sí que no me iba a callar! Pero de momento estoy conmigo mismo y he llegado a la siguiente conclusión como punto de partida: «soy un escritor novel», pienso, por no decir un «novato». Continuo: «con escasa experiencia en la edición, con errores y aciertos desequilibrados»:

―¿Qué le llevó a empezar a escribir? ―comienzo.

―Buena pregunta ―me digo con fingida sorpresa (¡como si no lo supiera!)―. Esa respuesta me la sé. ―respondo―: siempre ha existido eso que llaman un «gusanito». Creo que lo he dejado crecer mucho durante demasiado tiempo. Me ponía excusas del estilo «no sé qué escribir… Mañana… Mejor cuando me jubile». Pero el 14 de marzo de 2020 (en mi caso) me encerraron en casa de manera «indefinida».

El entrevistador me mira. Creo que le ha parecido un típico tópico. No le hago caso. Cogí el atajo. ¿Qué le digo? ¿Anhelo?, ¿deseo?, ¿inspiración?. ¡Si da igual! Me quedo con el gusanillo y lo dejo como está. ¡Hala!

―Deduzco que el confinamiento fue una especie de empujón. ¿Lo esperaba? ¿Es así?

―No es mala deducción ―vuelvo al hilo de la autoentrevista―. No lo esperaba, como tampoco lo esperaba nadie en el mundo, supongo. La vida se detuvo en muchos aspectos. De repente dejé de hacer cientos de kilómetros. Las aficiones quedaron suspendidas, las actividades extraescolares también… Todo el tiempo invertido en este ir y venir quedó a mi disposición.

―¿Mucho tiempo?

―Caí en la cuenta de que empleaba muchas horas al día. No horas fútiles, pero sí demasiadas en esa parte de la vida que podemos definir como «la logística».

―Dice la Real Academia de la Lengua que es el «conjunto de medios y métodos necesarios para llevar a cabo la organización de una empresa o de un servicio, especialmente de distribución». (No les miento, lectores, lo copié y pegué del diccionario. ¡Mea culpa!)

―Exacto. Invertimos buena parte de nuestra vida en organizar la otra parte. Quien come tiene que cocinar, quien cocina, tiene que abastecerse de ingredientes y de la energía (gas, en mi caso). Luego hay que recoger la mesa, fregar los platos, lavar el delantal, secarlo. ¿Y a quién no se le rompe un vaso? Habrá que reponerlo, ¿no?

―Ahora que lo pienso, tiene usted razón. Entonces, reducido el tiempo de «la logística», como dice, lo reinvirtió en escribir ―casi me doy por respondido en esta afirmación. Amplié la respuesta:

―Llegó un día en el que me senté a redactar una historia inspirada en mi infancia. Me centré en un grupo de amigos de la misma generación y esbocé la idea de relatar a mis hijos qué hubiera pasado si nos hubiéramos metido en tantos líos.

―Comenzó a fraguarse Las aventuras de Sebastián. ¿Verdad?

―Sí. Me sentaba cada noche frente al ordenador portátil. Mi hija se colocaba a mi lado. Ella observaba la pantalla curiosa. Las escenas se iban creando ante su atenta mirada. Tracé un plan para generarle intriga y la necesidad de seguir leyendo.

―Fue la lectora cero ―presumo.

―Mejor ―me corrijo―, fue la testigo cero. Pero además hizo un gran papel como correctora. A veces me equivocaba de personaje y ella lo subsanaba: «No es Mono, papá. Es Carmelo, el que antes mencionaste».

―Entonces, también fue la correctora cero.

―Me ayudó mucho. Pensé que, si lograba que ella se hiciera una imagen de las escenas, lograría transmitirlas a otros lectores. Ella no asistió al final de la obra. La dejé con la intriga. Hice un esfuerzo por acabarla a sus espaldas y dejar que leyera el resultado.

―¿Cómo lo valoró?

―Se sorprendió. Fue muy emotiva. No le gustó el giro que dieron algunos personajes y situaciones y tuve que prometerle que todo saldría bien.

―Sé que no se puede hablar del final porque se pierde la intriga, pero, ¿es triste?

―No quiero hablar del final, pero puedo afirmar que es muy equilibrado. Con la literatura tienes que tocar las emociones, sin duda. Si no lo logras, estás perdido.

Continuará…

Las escenas

Una película o una obra de teatro tiene múltiples escenas, unas veces narrativas, otras son diálogos, o reflexiones o descripciones. La suma de las escenas alimenta el argumento.

Cuando construimos una escena tenemos que tener en cuenta cómo trazar el argumento de nuestro relato: ¿Qué relación tiene con lo anterior y con la siguiente escena?

Vamos a suponer que deseamos describir un personaje desmotivado porque no quiere ir al colegio. Tiene un examen difícil que no ha estudiado, un abusón se comerá el bocadillo en la hora del recreo…  El OBJETIVO de la siguiente escena, que propongo como ejemplo, es describir esa desmotivación:

Alberto abrió los ojos y los volvió a cerrar de inmediato. Los párpados le pesaban más de lo habitual cuando se trataba de ir al cole. Le bastó un segundo para darse cuenta de que era la hora de salir de la cama, pero no quiso asumir el reto de enfrentar el nuevo día.

Arrebujado entre la cálida sábana de franela y el edredón grueso volvió a acomodarse en el mullido colchón donde se sentía protegido, como si aquellas mezclas de telas sintéticas y algodón fueran sólidas almenas de un imponente castillo, circundado por un profundo pozo, a su vez inundado con aguas fétidas, repleto de voraces cocodrilos y provisto de un consistente puente levadizo con trampas cruentas. Quería terminar el sueño donde los enemigos que lo sitiaban caían directos a los afilados dientes de los hambrientos reptiles, o morían ahogados en las infestadas aguas, cuando osaban asaltarlo.

Sitiado, pero feliz dentro de la seguridad de su refugio, no intentó desperezarse, y se entregó a la historia: desde las inalcanzables almenas, disparaba con puntería las flechas que procedían de un inagotable carcaj.

El diálogo narrativo

Los diálogos aportan credibilidad al relato.

Un buen diálogo añade realidad a la historia. ¿Cuántas veces hemos reproducido las palabras de una conversación en forma de diálogo? El narrador tiene la posibilidad de dejar que los propios personajes se expresen, informen y describan la acción. A través de sus palabras, el personaje puede desvelar su forma de pensar o sus emociones. Sobre todo, ES LA FORMA NARRATIVA MÁS CERCANA AL LECTOR.

Desde el punto de vista formal, es decir, a la hora de escribir un diálogo, recomiendo la lectura del uso de la raya (y no del guion) que explica la Real Academia de la Lengua Española.

En los textos narrativos, la conversación de un personaje se introduce con una raya:

Espero que todo salga bien —dijo Azucena con gesto ilusionado.

En este caso, cerramos la raya porque a continuación el narrador hace una acotación (da una explicación), estas acotaciones se llaman «incisos». Si queremos que el personaje siga hablando después del inciso, añadimos el signo de puntuación que mejor convenga (en este caso punto, coma y dos puntos):

—Lo principal es sentirse viva —explicó Pilar—. Afortunada o desafortunada, pero viva.

Lo principal es sentirse viva —añadió Pilar—, bien viva.

Anoche estuve en una fiesta —me confesó, y añadió: Conocí a personas muy interesantes.

Si necesitamos que el narrador ahonde en las explicaciones, comenzamos con una raya el inciso que hace el narrador:

No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana.

Aclarados los formalismos, podría decirse que no es la única fórmula para hacer hablar al personaje. Existen otras clases de diálogos que transgreden estas normas, como el discurso indirecto, el discurso libre; pero para empezar es suficiente conocer la base.

Pasemos a explicar qué condiciones han de reunir los diálogos para enriquecer el texto narrativo:

Naturalidad y precisión: Los personajes son seres vivos que se comunican entre ellos de manera natural. No hay que forzarlos. Las palabras de los personajes deben de ser las necesarias. Ejemplo de un diálogo entre un visitante y un personaje oriundo que lo acompaña:

―Yo soy de aquí mismo. Vivo allá por el Valleseco, que le decimos ―le desveló―. ¿Y a dónde va? ―preguntó con la curiosidad del nativo ávido de noticias del mundo al otro lado del océano.

―Quiero ir al norte de la isla. ¿Has estado?

―No, don Pedro. Eso es muy lejos. Yo me muevo por aquí cerca. A la mar pa pescar y al monte a por leña pa la cocina. Poco más.

Intencionalidad: Cuando se usa un diálogo en medio del relato hay un propósito. No se hace para rellenar huecos. Refleja la personalidad del personaje, está ligado al contexto de la trama, se abren vías, dudas, emociones… Ejemplo que deja ver la tristeza:

―De aquí se van todos los que ahorran veinte duros. Se echan al mar en cuanto pueden. Algunos regresan y se pasean ufanos ―dijo y apartó la mirada―. Otros no vuelven…

―¿Un esposo?

―Uno que lo pretendía ―respondió con la cabeza vuelta a la calle.

―Marchó y no ha vuelto, supongo.

―Algo así…

―Discúlpeme. No quiero ahondar en la herida.

―Ya no me duele. No se preocupe ―dijo y siguió el ajetreo de la calle con la mirada.

Fluidez: Los diálogos entre personajes deben de ser fluidos, tener un ritmo propio y esa fluidez ha de estar relacionada a la situación que se describe. Ejemplo de un interrogatorio:

―¿No insinuará…?―preguntó con los ojos abiertos.

―Lo afirmo.

―Yo no estaba.

―Hay testigos, hay pruebas ―insistió el policía.

Coherencia: Los diálogos han de coincidir con el registro de cada personaje y reflejar sus emociones en cada momento que interviene.

Verosimilitud: Hay que intentar que el diálogo sea creíble.

En la ficción no hay lugar para frases que no sean significativas; aun la conversación más intrascendente debe mostrar algo de los personajes implicados.

La creación del espacio

espacio en la narración
Descripción del espacio en la narración

El espacio donde se mueven los personajes debe tener un propósito. Es un recurso que debemos conectar con todos los demás en el desarrollo de nuestra historia.

El curso de novela organizado por escritores.org me está siendo muy productivo en ese aspecto. La perspectiva del lector y del escritor son diferentes, eso lo tenía claro, pero al cruzar al otro lado no disponía de los ojos para llegar a esa conclusión. Las explicaciones me los han abierto de par en par.

Al principio de mis escritos actué un poco por instinto, pero inconsciente de la necesidad de aplicarse con el espacio, tanto como con el resto de elementos que se mezclan y caen por el único hueco del embudo. El resultado es todo lo que el lector ha de sentir y experimentar frente a la historia que tiene entre sus manos.

En el proceso de construcción del relato he hablado de la idea y el personaje. Ahora quiero compartir algo sobre el lugar donde se ubican y se mueven los personajes.

Nuestros personajes están rodeados por determinados escenarios cuya descripción ha de contribuir a nuestra necesidad de trasmitir un sentimiento o un conflicto. Un ejemplo muy sencillo puede ser el siguiente:

Laura salió a la calle (abarrotada/vacía). (Apenas) unos (pocos) viandantes andaban (alegres/taciturnos).

Si el objetivo del narrador es celebrar la alegría del personaje que acaba de recibir una buena noticia, o por el contrario, contar lo disgustada que estaba por un fracaso, el escenario descrito tomará uno u otro giro.

Los lugares en los que se sitúan los hechos desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la novela que, para numerosos escritores, toma cuerpo cuando instalan los hechos en un lugar que les mueve los sentimientos.

Creación del personaje 2

Atrapada en el tiempo
Cubierta de Atrapada en el tiempo

En la última publicación del 1 de febrero abordé algunas cuestiones acerca de la creación del personaje y qué consecuencias tiene su buena hechura. De ello puede depender que  trascienda a su propio creador incluso.

Para mi segunda novela corta, Atrapada en el tiempo, di a luz a Alba, una adolescente que de manera involuntaria y arbitraria despierta el mismo día, un lunes a principios del curso escolar.

Quería empujarla a una transformación de su visión del mundo para que apreciara el lado positivo de la vida que le esperaba.

Al inicio de la historia, Alba elige actitudes moralmente reprobables por acciones impulsivas. Por otra parte, la personalidad introvertida de la joven hace que se sienta inferior e incapaz de expresar sus sentimientos amorosos. Por si fuera poco, le añadí algunos obstáculos en su vida familiar. Con este cóctel pretendía que el personaje sintiera una presión que la empujara a realizar cambios para comprender cómo podía modificar «los detalles» de su vida. Pequeñas transformaciones, que, sumadas, la llevarían a otra percepción de su propia realidad.

El tiempo la encerró en una espiral rutinaria por la que la protagonista debía moverse para evolucionar. La elección consciente de una u otra acción tienen repercusiones en su historia y además, debe abordar consecuencias inesperadas que la obligan a hacer nuevas elecciones, lo que a la vez la conducen a nuevas consecuencias.

En definitiva, nuestros personajes tienen que tener tintes de realismo, acciones y consecuencias, toma de decisiones y nuevas consecuencias, conflictos y una resolución final.

Creación del personaje 1

LA CREACIÓN DEL PERSONAJE ES EL PUNTO DE PARTIDA DEL RELATO

CREACIÓN DEL PERSONAJE
Personaje creado por Arthur Conan Doyle

Una de las esencias de cualquier relato es el personaje o personajes. No deja de ser curioso que muchos lectores hayan olvidado al creador del protagonista de alguna historia, e incluso habrán convertido el personaje ficticio en persona real. Breve ejemplo, ¿Sherlock Holmes fue concebido por…?

Si yo fuera Arthur Conan Doyle y nadie se acordara de que yo creé al detective Holmes, estaría orgulloso de la trascendencia de mi personaje, de cómo me ha superado (al menos yo querría eso).

Estoy de acuerdo con Isabel Cañelles (La construcción del personaje literario) cuando dice que «Don Quijote está más vivo que Cervantes» o que «Hamlet nos atormenta mejor que Shakespeare, hijo del sombrerero de Stratford.» Para Cañelles, los lectores se sentirán «cautivados por su irrealidad».

Patrick Süskind logró que oliera los perfumes leyendo su libro (¡y eso que sufro de una rinitis crónica que a veces me deja sin olfato!). Ahí estriba el éxito del personaje. Si se logra que el lector perciba por los sentidos del protagonista, que comparta o discrepe de sus opiniones, que tema por su vida o integridad, es que hay un gran creador detrás. Eso es lo admirable de los grandes escritores.

Los griegos usaban una máscara para distanciar al actor del personaje. Intento algo parecido cuando concibo al protagonista y los demás personajes que lo acompañarán a lo largo del recorrido de la obra. Dejo que tengan una voz propia y trato de no interferir en su evolución. Me obligo a dejarlos avanzar solos sin pensar en el qué dirá la gente. Creo que es importante desvincularte de las personas que intervienen en la obra. Piénsese que es un bebé recién nacido, pero que al paso de los años desarrollará su carácter propio, tendrá un lenguaje particular, gestos, tics… Puede ser que le guste soltar improperios o hablar a gritos, aspectos contrarios a tu propia personalidad. Por eso es importante dejarlo que grite o que diga palabrotas. Si pensamos que nuestra mamá va a leer el texto y nos va a tachar por «maleducados» estaremos cometiendo un error: nos estaríamos autocensurando y el personaje puede perder naturalidad y realismo.

Crear el personaje de un relato es una tarea compleja. Desde mi modesta perspectiva, creo que el escritor tiene que jugar a ser Dios porque moldea, a partir del barro, una estructura que tendrá aspecto físico, moral y perfil psicológico. Una persona con fortalezas y vulnerabilidades; alguien que, en ocasiones, puede perder el control o incluso arrebatárselo a su creador.

De ahí que lo compare al hecho de dar a luz un bebé y ser testigos del crecimiento: observamos cómo madura, nos reímos con los primeros balbuceos, corremos cuando llora, lo compartimos con amigos y familia (el público), sentimos inquietud cuando sufre y llora, lloramos de alegría al ver sus éxitos.

El personaje es un ser independiente que tendrá éxito cuando trascienda al creador.

Cuando leas una novela o un relato céntrate en el personaje, observa cómo ha sido concebido, cómo se explican sus rasgos físicos o psicológicos, qué lenguaje utiliza, cómo piensa, cuáles son sus habilidades, sus fortalezas y flaquezas, qué dicen los demás de él…

La idea: ¿de dónde obtengo un argumento?

Esperando el vuelo

Hace unos días comenté en la publicación ¿cómo concebir una novela? la importancia de tener una idea (un argumento o trama) para iniciar nuestro relato.

Siempre les digo a mis alumnos que planteen las ideas antes de abordar la redacción de un texto, cualquiera que sea. Esbozar en pocas líneas nuestro propósito y añadir algunas frases orientativas.

Hay un universo de historias infinitas sobre las que escribir. No todo está dicho y si se ha dicho, cada individuo puede aportar un punto de vista distinto o mirar el objeto desde otra óptica.

Para empezar, cada persona tiene su propia historia, y aunque parezca igual, no lo es. La forma de interpretar la realidad, la percepción de lo cotidiano varía de individuo a individuo. Todos llevamos un narrador dentro y nos encanta compartir nuestras historias cotidianas, o sentarnos en una cafetería con viejos amigos para evocar la juventud o la infancia y ser felices también con ello.

Algunos autores no revelan cómo eligen sus historias. Otros dicen que son las historias quienes los eligen a ellos. Puede ser que encuentres una noticia en un periódico y te inspires. Puede ser que un sobre de azúcar contenga una sugerente frase con la que iniciar un relato. La historia personal, la de la familia, la del colegio o la de un viaje…

Elige un conflicto o invéntalo en torno a uno o varios personajes. Preséntalo, enrédalo en un problema y busca una solución.

Los fotógrafos se valen de sus máquinas para captar momentos de la vida y transformarlas en mensajes. El que desee escribir seguro que observa la realidad como hace un pintor o un fotógrafo, pero en lugar de colores o imágenes, compondrá el cuadro con palabras.

Un ejemplo: ¿hay algo en particular en una pasajera que aguarda la señal para embarcar en el avión que la llevará a su destino? Tal vez no. Pero tal vez sí. La disposición en el asiento, los movimientos que haga, levantarse o sentarse, estirar las piernas, rebuscar en el bolso, llamar por teléfono, perder la vista en el techo de la sala… Para alguien que le guste escribir, ahí puede haber una historia. Tenemos el personaje, ¿Cuál será la trama? ¿Cuál será el nudo? ¿Cuál el desenlace?

Si consigues responder a estas preguntas, tendrás el argumento de tu historia.