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¿Cómo te lo cuento?: la herramienta eficaz para desarrollar la expresión escrita y la comprensión lectora.

Repartí un folio en blanco para cada estudiante:

―Redacta algo que consideres relevante en tu vida.

Pedro miró la hoja en blanco con el ceño fruncido. Parecía que el lápiz le pesaba demasiado.

―No sé qué escribir… ―murmuró, bajando la cabeza.

Entonces, pedí que dejara el lápiz en la mesa y le propuse algo distinto:

―Olvida por un momento el papel. Cuéntamelo como si fuera una historia para mí. Usa tu voz, tus gestos, tu emoción.

De pronto, las palabras empezaron a fluir. Pedro narraba con entusiasmo, se despertaron los personajes, inventaba giros inesperados. Cuando finalmente le pedí que lo escribiera, el niño bloqueado ante la página se había convertido en un narrador con algo que contar.

La experiencia de Pedro no es aislada. En el aula, he comprobado una y otra vez que antes de escribir necesitamos contar. La oralidad es el ensayo general de la escritura. Permite ordenar ideas, seleccionar palabras, experimentar con las emociones y, sobre todo, atreverse a empezar.

De ahí nació mi libro, ¿Cómo te lo cuento?, una propuesta pedagógica sencilla pero eficaz: convertir la narración tradicional en un puente natural hacia la expresión escrita y la comprensión lectora.

¿Qué beneficios aporta esta herramienta?
Cuando dejamos que los alumnos cuenten antes de escribir, ocurren cosas sorprendentes:

La escritura fluye con más naturalidad: el relato oral ya les dio estructura.
La comprensión lectora se profundiza: deben entender lo que leen para poder contarlo.
La creatividad se expande: al narrar, se les permite improvisar, probar, inventar.
La confianza crece: ya no enfrentan solos la hoja en blanco, sino que llevan consigo su propia voz.

En sesiones de apenas 15 o 20 minutos diarios, puedes transformar el aula: la palabra escrita deja de ser un muro y se convierte en la prolongación de la voz.

Un pequeño ejemplo…
Leímos juntos un cuento breve. Luego pedí a los alumnos que lo contaran de nuevo, con sus propias palabras. Clara levantó la mano, se puso de pie y comenzó:

―Había una niña que guardaba un secreto… un secreto que nadie en el pueblo debía descubrir…

La voz bajaba y subía, los gestos acompañaban, los demás contenían la respiración. De pronto, Clara se detuvo en el momento más intenso de la historia. Todos la miraban expectantes.

—¿Y qué pasó después? —preguntaron varios a la vez.

Clara sonrió… y ahí detuve la actividad.

¿Qué logramos? ¡El poder de la expectativa!
Un silencio cargado de intriga vale más que mil explicaciones. El relato no solo había sido entendido: había sido vivido. Esa vivencia emocional es la que después se traduce en el gozo de escribir, de enriquecer la expresión y de leer con más profundidad.

Los cuentos tradicionales, muchos de tradición oral, despiertan la curiosidad, refuerzan la memoria y otorgan al alumno un rol activo: lo transformamos de mero lector a contador de historias.

Una invitación
La propuesta de ¿Cómo te lo cuento? es clara: aprovéchate de los cuentos tradicionales; antes de escribir, cuéntalo. Con la voz, con los gestos, con las emociones. Lo que empieza como un juego se convierte en un hábito poderoso para aprender a leer y a escribir con sentido.

¿Te animas a probarlo en tu aula?
En mi libro comparto experiencias, ejemplos y actividades listas para llevar al día a día. Quizás descubras, como yo, que cuando dejamos que los alumnos cuenten primero… la escritura ya nunca vuelve a ser un obstáculo.