¿Estás escribiendo siguiendo tu instinto o tienes una estructura clara? Sea cual sea tu método, conocer las herramientas narrativas para cerrar tu historia es vital para alcanzar la maestría.
Los finales en la literatura son como la cereza en la cima de un pastel: pueden ser dulces y satisfactorios, o agrios y desconcertantes. Los autores tienen una variedad de opciones cuando se trata de cerrar sus historias, y cada tipo de final deja una impresión única en los lectores.

Acabar bien significa que has logrado anudar todas las cuerdas que has desarrollado a lo largo del relato. No es una tarea fácil, pues requiere concentración, especialmente si no has estructurado minuciosamente la obra y has avanzado siguiendo tus instintos, las necesidades del personaje o de los personajes y las características de la trama.
Cuando te enfrentes a tu relato, te recomiendo realizar un ejercicio de preparar un final inesperado, porque serás recompensado por el lector. No quiere decir que el texto pueda terminar de manera lógica, puesto que los acontecimientos desembocan de forma natural en un final esperado (lo digo para que no te obsesione pensar en finales inesperados).
Veamos algunos de los tipos más comunes de finales literarios. Empezaré por el final inesperado, seguramente porque es el que más gusta.
- Final inesperado (twist ending): el arte del asombro. La clave: El lector debe sentir que la respuesta estuvo allí todo el tiempo, escondida entre líneas. Hace poco leí un relato corto, ganador de un concurso de relatos breves, probablemente por la brillantez de su final inesperado. El narrador, en primera persona, se desvelaría como el propio Pinocho. Sin embargo, antes de ese momento, el lector escuchaba las quejas de un niño de carne y hueso. Los buenos finales inesperados no son giros arbitrarios, sino revelaciones que estaban latentes, escondidas entre líneas, esperando ser descubiertas.
- Final abierto. Este tipo de final deja cabos sueltos o preguntas sin respuesta, lo que invita al lector a imaginar qué ocurre después. Puede ser frustrante si no se ha manejado bien, pero cuando está justificado por el tono o el tema de la obra, resulta poderoso. Piénsalo como un cierre que se convierte en inicio: en lugar de entregar todas las respuestas, deja resonando la pregunta más importante. Utilízalo cuando el tema de tu obra es más importante que la trama. Es un cierre que funciona como un nuevo inicio.
- Final cerrado. Es el opuesto del anterior: todo se resuelve, no quedan hilos sin atar, y el lector puede cerrar el libro con una sensación de plenitud. Es común en novelas de misterio, aventuras o comedias románticas, donde lo esencial es que los personajes cumplan su arco y los conflictos lleguen a una resolución lógica.
- Final circular. En este caso, la historia regresa al punto de partida, aunque los personajes hayan cambiado. Puede ser simbólico, melancólico o incluso cómico. Funciona muy bien cuando el mensaje tiene que ver con el destino, la repetición o la imposibilidad de escapar de uno mismo.
Los finales también pueden ser una combinación. Yo utilicé un final cerrado, pero dejé la puerta abierta para una nueva historia en El libro secreto de Marco, por ejemplo.
Al elegir el final de tu historia, piensa en la emoción que quieres dejar en el lector. El desenlace es lo último que se lleva consigo, y a veces, lo que recordará para siempre.
A partir de hoy, cuando leas una novela, analiza por qué tipo de desenlace optó el autor. Luego, al elegir el tuyo, no te obsesiones solo con sorprender. Piensa en la emoción residual que quieres dejar. Como escritor, tienes la responsabilidad de decidir cómo se apaga la luz en tu escenario. Hazlo con intención, no por azar.
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