El narrador es una de las figuras más poderosas dentro de la literatura de ficción. Es más, afirmaría que sin narrador no hay relato. Decide qué se cuenta y qué se omite, otorgando sentido al mundo narrativo. Además, la ficción no existe como “realidad autónoma”, sino que existe porque alguien la cuenta.
Su papel trasciende la mera transmisión de los hechos; es el arquitecto de la trama, el guía de los personajes y la voz que da vida a la historia. En muchos sentidos, el narrador, además de un elemento literario, representa la metáfora de la vida misma. Igual que el narrador toma las riendas del relato, en la realidad, cada persona tiene la capacidad (o la responsabilidad) de escribir su propio destino.
Habrás visto que existen varios tipos de narradores. La elección de uno u otro va a depender de tus intenciones como escritor. Puedes controlar la focalización del lector. Tú decidirás si el lector accede a una visión completa (omnisciente) o limitada (testigo, protagonista). También manejarás el modo en que se transmite la información (cronológico, fragmentado, caótico), lo que podrá afectar a la percepción de la trama. En tus manos tienes la capacidad de guiar, manipular o incluso engañar al lector…
En fin, hay una variedad de estrategias en manos del autor para modelar la ética y la interpretación; para establecer reglas que fundamenten la verosimilitud del relato. Es quien te dice qué vas a leer y qué vas a creer dentro del universo que está construyendo.
El narrador omnisciente, aquel que todo lo ve y todo lo sabe, es similar a quien tiene plena conciencia de su vida, de su pasado y de su presente, y que puede anticipar, con cierto margen de error, lo que sucederá si toma un camino u otro. Este tipo de narrador nos recuerda que, aunque no podamos controlar cada circunstancia, sí tenemos el poder de interpretar los hechos y de dotarlos de significado. Es un reflejo de la madurez que se alcanza cuando comprendemos que la vida no solo ocurre, sino que la construimos con nuestras decisiones y narrativas internas.
Por otro lado, el narrador en primera persona nos sumerge en una visión más subjetiva, limitada por su propia percepción. Es el narrador que descubre la realidad al mismo tiempo que el lector, y muchas veces, al igual que nosotros, duda, se equivoca y se transforma con el transcurso de los acontecimientos. Representa a aquellos que aún buscan su voz, que exploran su identidad y que, en el proceso de contar su historia, terminan por comprenderse a sí mismos. En este sentido, escribir –y por extensión, vivir– es un acto de autodescubrimiento.
Aquí radica la catarsis de la literatura. Al escribir, el autor construye mundos ficticios, pero también se encuentra a sí mismo en el proceso. Cada historia es un reflejo, una exploración de miedos, anhelos y recuerdos que, al plasmarse en palabras, adquieren sentido y permiten una liberación emocional.
La literatura es un espacio donde el narrador puede salvar o condenar a sus personajes, del mismo modo en que cada individuo, en la vida real, puede transformarse a sí mismo según la historia que elija contar sobre su propia existencia.
Cuando el escritor encuentra la voz propia, se convierte en el dueño absoluto de la historia. Y ese poder narrativo pertenece a la ficción y a la vida misma: cada uno es su propio narrador, con la capacidad de dar forma al relato personal. La clave está en asumir ese rol con plena conciencia, entendiendo que no somos meros personajes secundarios en una trama ajena, sino los protagonistas de nuestra propia historia. En definitiva, escribir, y vivir, es un acto de valentía, porque al tomar las riendas de la narración, también tomamos las riendas de nuestra existencia.
Espero haberte ayudado a entender la responsabilidad del narrador. Es poderoso porque transmite la historia y al mismo tiempo la constituye; administra la información, orienta la mirada del lector, imprime un tono ético y legitima la verosimilitud del relato. Sin esa voz, los hechos permanecerían mudos e incapaces de conmover, pues es el narrador quien convierte la sucesión de acontecimientos en una experiencia literaria viva.
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